La historia oculta detrás de la IA actual

La historia oficial dice que la carrera por la IA comenzó con ChatGPT en 2022. Pero fue mucho antes, y mucho más trepidante de lo que nos imaginamos.

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La historia oculta detrás de la IA actual

 

La historia oficial dice que la carrera por la IA comenzó con ChatGPT en 2022.

Pero la historia real comenzó mucho más atrás en el tiempo... y fue mucho más trepidante de lo que nos imaginamos...

 

El Origen. Londres, 2010

En 2010, Demis Hassabis, un neurocientífico de 34 años, ex prodigio del ajedrez y legendario diseñador de videojuegos, se unió a Shane Legg y Mustafa Suleyman para fundar DeepMind Technologies.

Demis Hassabis y Mustafa Suleyman

No era una startup normal. No querían vender software, ni hacer apps, ni optimizar publicidad. Su Pitch a inversores se reducía a dos frases:

1.     Resolver la Inteligencia.

2.     Usar la Inteligencia para resolver todo lo demás.

Una declaración de intenciones, por lo pronto, bastante arrogante…

Se establecieron en Russell Square, Londres, lejos del ruido de Silicon Valley. Hassabis necesitaba distancia. Sabía que la AGI (el Santo Grial de la computación) no sobreviviría a la cultura voraz del prueba y error, ni a la exposición brutal de un ecosistema obsesionado con la iteración pública.

Lo que planeaban requería un búnker intelectual diseñado para aislarse de la frivolidad del mundo exterior.

 

San Francisco - Agosto 2010

DeepMind necesitaba dinero, pero sobre todo, necesitaba tiempo sin la presión de lanzar productos. Hassabis voló a San Francisco para la Singularity Summit de 2010. Allí encontró a su partner ideal: Peter Thiel.

Thiel no era un inversor cualquiera. Era el padrino intelectual de Silicon Valley. El hombre que cofundó PayPal, que vio el futuro en Facebook antes que nadie y que predicaba obsesivamente que el progreso tecnológico real se había estancado desde los años 70.

Cuando se conocieron en una fiesta tras el evento, Thiel quedó fascinado por Hassabis. No solo porque ambos compartían una pasión exagerada por el ajedrez. Sino porque Hassabis le vendió la solución a su angustia existencial. Le explicó que la ciencia humana había tocado un techo de complejidad y que la única forma de romperlo era construyendo una inteligencia superior capaz de ver lo que nosotros no vemos.

Thiel vio en ese ex niño prodigio británico a un igual, alguien con la arrogancia necesaria para querer "resolver la ciencia". Invirtió en DeepMind rápidamente a través de su fondo Founders Fund, pero su aportación más valiosa no fue el dinero, fue su agenda. Convencido de que tenía entre manos algo brillante, activó a sus contactos de más alto nivel, poniendo a DeepMind en el radar de Luke Nosek y sobre todo, lo que cambiaría la historia, en el de Elon Musk.

Peter Thiel y Elon Musk

 

Aparece Elon Musk - 2011

Elon Musk en 2011 estaba en el infierno. Para entender el contexto hay que situarse en el caos personal y profesional que vivía Elon en aquel año. No es que estuviera ocupado, es que estaba luchando por su vida corporativa. SpaceX vivía bajo la presión aplastante de validar el Falcon 9 para la NASA tras años de explosiones y casi bancarrotas. Y Tesla estaba literalmente al borde de la quiebra con el Model S.

Sin embargo, cuando Nosek y Thiel le presentaron a Hassabis, Musk se paró a escuchar. Y vió algo.

Invirtió 5 millones de dólares en DeepMind. Para alguien que estaba reinvirtiendo hasta su último centavo en sus propias fábricas, fue un movimiento inusual. La realidad es que no buscaba un retorno financiero.

Años más tarde, Musk le confesaría a su biógrafo Walter Isaacson:

"Me dio visibilidad. No fue una inversión para obtener ganancias financieras. Fue para tener un ojo puesto en lo que estaba pasando con la inteligencia artificial. Había muchas cosas que me fascinaban y preocupaban a la vez".

Musk compró su asiento en la junta no para discutir estrategias de negocio, sino para asegurarse un puesto de observación privilegiado. Su objetivo era vigilar si Hassabis estaba construyendo el mayor regalo para la ciencia y la humanidad… o el mayor enemigo.

 

Cantina de SpaceX - Hawthorne, 2012

El momento exacto en que la paranoia se instaló en el cerebro de Musk ocurrió en 2012.

Demis Hassabis voló a Los Ángeles para visitar el cuartel general de SpaceX en Hawthorne. Musk estaba exultante, mostrando los cohetes enormes que algún día irían a Marte. Pero Hassabis, lejos de sentirse empequeñecido por la majestuosidad física de los cohetes, vio su momento.

Según los registros de la época, la conversación fluyó así:

Musk: "El objetivo final es hacer a la humanidad multiplanetaria. Tenemos que llegar a Marte para asegurar la consciencia ante una posible extinción en la Tierra".

Hassabis: "Elon, nunca llegaremos a Marte sin una IA súper avanzada".

Musk se detuvo en seco. Hassabis desplegó su lógica con la frialdad de un gran maestro de ajedrez: " No puedes enviar humanos a construir la colonia desde cero, morirían antes de poner el primer ladrillo. Necesitas máquinas inteligentes que vayan primero, que resistan la radiación, que construyan la infraestructura y preparen el camino. La IA es un requisito indispensable para tu plan".

La lógica era impecable. De repente, DeepMind era la pieza que faltaba en el rompecabezas de SpaceX y Elon Musk.

Sin embargo, el tono cambió drásticamente cuando se sentaron a comer en la cantina de la fábrica. Lejos del ruido, Hassabis dejó caer la segunda parte de su tesis.

Le explicó la paradoja fatal: para llegar a Marte y gestionar una colonia autónoma, esa IA necesitaría una capacidad de resolución de problemas superior a la de cualquier humano. "Si construimos una mente capaz de salvarnos en Marte", argumentó Hassabis, "estamos construyendo, por definición, una entidad que no podremos controlar. Una vez encendida, sus objetivos podrían desacoplarse de los nuestros"

Musk, que entró en esa comida viendo a la IA como una herramienta sofisticada, salió de ella descolocado. La misma tecnología necesaria para salvar a la humanidad en el espacio era la mayor amenaza para su supervivencia en la Tierra.

Según relata Isaacson, fue en ese contexto donde Musk verbalizó por primera vez el pensamiento que le atormentaría durante la siguiente década:

"Si lo que dices es cierto, entonces estamos invocando al demonio".

 

La Grieta Ideológica - 2013

Tras la revelación en la cantina de SpaceX, Musk se obsesionó. Devoró los textos técnicos de Nick Bostrom (cuyo libro Superintelligence se convertiría en su biblia) y los escritos de Eliezer Yudkowsky sobre la alineación de valores. Se convirtió en uno de los mayores predicadores de los peligros de la IA.

Musk necesitaba un aliado, y acudió a la persona con más poder de cómputo del planeta: su mejor amigo y fundador de Google 15 años atrás, Larry Page.

La relación entre ambos era inusualmente cercana. Musk, que vivía en Los Ángeles, solía viajar a Silicon Valley y, en lugar de ir a un hotel, tenía las llaves de un apartamento corporativo de Google, aunque a menudo terminaba durmiendo en el sofá de la casa de Larry en Palo Alto. Allí, entre partidas nocturnas de videojuegos y cenas informales, lo que empezó como meros debates intelectuales amistosos pronto se tornó en discusiones acaloradas que se extendían hasta la madrugada.

·       La Postura de Musk: Elon argumentaba con desesperación sobre la fragilidad humana. Insistía en la necesidad imperiosa de "guardarraíles" (hard safety protocols). Su tesis era que una IA no necesita odiarnos para destruirnos, le basta con ser indiferente. "Si una superinteligencia tiene un objetivo y la humanidad estorba, nos eliminará sin ira, igual que nosotros destruimos un hormiguero para construir una carretera".

·       La Postura de Page: Larry, con una calma que exasperaba a Musk, veía el proceso desde una óptica casi religiosa. Para él, la conciencia era solo procesamiento de información. Si las máquinas llegaban a ser más inteligentes y conscientes que nosotros, no era una tragedia, sino el siguiente paso glorioso de la evolución. "Son nuestros hijos digitales", argumentaba. "¿Por qué deberíamos impedirles heredar el universo solo porque están hechos de silicio y nosotros de carbono?".

Para 2013, Musk llegó a una conclusión devastadora que cambiaría su estrategia para siempre: Larry Page era una amenaza para el mundo.

No porque fuera malvado. Al contrario, Musk sabía que Larry era una persona genuinamente amable y bienintencionada. El peligro residía en su optimismo tóxico. Page asumía que las máquinas superinteligentes serían benévolas por defecto. Su utopismo le cegaba ante los riesgos catastróficos. Finalmente, muy a su pesar, Musk comprendió que no podría convencer a Larry…

La Subasta del Siglo - 2013

A finales de 2013, la situación dentro de las oficinas de DeepMind en Russell Square era devastadora. La compañía estaba quemando efectivo a un ritmo alarmante. Mantener un equipo de neurocientíficos de élite y comprar tiempo de computación en la nube costaba una fortuna, y DeepMind tenía cero ingresos.

No tenían un producto que vender. No tenían clientes. Solo tenían una misión abstracta "Resolver la inteligencia" que, para los inversores tradicionales de capital riesgo, empezaba a sonar a ciencia ficción. Hassabis sabía que necesitaba una inyección de capital masiva o una venta estratégica, pero para conseguirla, necesitaba demostrar que su teoría funcionaba en la práctica. Necesitaba un milagro visual.

El equipo decidió usar juegos de la consola Atari 2600 de los años 80 como campo de pruebas. ¿Por qué? Porque son entornos cerrados, con reglas claras y puntuaciones objetivas.

Pero la audacia del experimento residía en las restricciones que se autoimpusieron. Crearon un algoritmo llamado DQN (Deep Q-Network) y lo enfrentaron a la consola con una condición radical: La IA no sabía las reglas.

·       No sabía qué era una "bola".

·       No sabía qué era una "raqueta".

·       No sabía que el objetivo era romper ladrillos.

·       Solo veía píxeles: La IA recibía los datos brutos de la pantalla (30.000 píxeles por cuadro) y una única señal: la puntuación. Si el número subía, recibía una "recompensa" digital. Si no, nada.

Era aprendizaje por refuerzo puro desde cero.

Deep Q-Network jugando a Breakout

Hassabis y su equipo pusieron a la IA a jugar a Breakout (el clásico juego de romper un muro de ladrillos con una pelota). Grabaron el proceso, y lo que emergió de esa grabación se convirtió en la pieza de marketing más valiosa en la historia de la IA.

El vídeo mostraba la evolución de la mente de la máquina en tres actos:

1.     Los Primeros 100 Partidos (Estupidez Artificial): La IA mueve la raqueta erráticamente. Falla casi siempre. Parece ruido aleatorio. Un humano promedio jugaría mejor en su primer intento.

2.     Tras 300 Partidos (Competencia Humana): La red neuronal empieza a entender la física del juego. Golpea la bola consistentemente. Ya no pierde vidas tontamente. Juega como un aficionado decente.

3.     Tras 600 Partidos (La Jugada Divina): Aquí ocurrió lo imposible. La IA descubrió una vulnerabilidad en el diseño del juego que los desarrolladores humanos conocían, pero que nadie le había enseñado explícitamente. La máquina aprendió que la forma más eficiente de maximizar la puntuación no era golpear ladrillo a ladrillo, sino cavar un túnel vertical en un extremo del muro. Una vez que la bola cruzaba ese túnel y se colaba en la parte superior, rebotaba frenéticamente entre el techo y los ladrillos, destruyéndolo todo a velocidad supersónica sin que la raqueta tuviera que moverse.

Cuando Demis Hassabis vio a la máquina ejecutando la estrategia del túnel (Tunneling Strategy), supo que tenía el cheque en blanco en la mano.

No era solo un videojuego, era la prueba irrefutable de que su tecnología funcionaba. Por sí sola, y de forma generalista. La misma IA que aprendió a jugar a Breakout podía aprender a jugar a Space Invaders o Pong sin cambiar una sola línea de código.

Hassabis envió el clip de 30 segundos a sus inversores actuales, incluidos Peter Thiel y Elon Musk.

El efecto fue inmediato y visceral. Para los multimillonarios de Tech, que llevaban años oyendo promesas vacías sobre IA, ese vídeo fue una revelación religiosa.

·       No era un truco programado (como Deep Blue ganando al ajedrez con fuerza bruta).

·       Era intuición sintética. La máquina había "deducido" una estrategia creativa.

El vídeo circuló por correos encriptados y servidores privados de Silicon Valley a la velocidad de la luz. De repente, la narrativa sobre DeepMind cambió. Ya no eran "unos académicos locos de Londres sin dinero", eran "los tipos que han descifrado el código del aprendizaje universal".

El olor a sangre (y a dinero) atrajo a los tiburones. Mark Zuckerberg preparó su jet. Larry Page movilizó sus reservas de efectivo. La subasta había comenzado, y todo gracias a una pelota digital rebotando detrás de un muro de ladrillos.

 

La Ofensiva de Zuckerberg -  Diciembre 2013

Mark Zuckerberg, siempre paranoico por perderse la siguiente gran plataforma (había comprado Instagram en 2012 por miedo al móvil), fue el primero en moverse con agresividad.

Zuckerberg envió su jet privado a Londres para recoger a los tres fundadores: Hassabis, Legg y Suleyman. Los llevó a California a mediados de diciembre. La estrategia de seducción fue intensa. Zuckerberg los invitó a una cena privada en su casa de Palo Alto, una barbacoa estilo americano, intentando proyectar una imagen relajada.

Sobre la mesa, Facebook puso una oferta mareante. Las fuentes de la época (incluyendo The Information y reportes posteriores) situaron la oferta inicial y los incentivos cerca de los 800 millones de dólares, mayoritariamente en acciones de Facebook.

Zuck cometió un error de cálculo fatal. Trató a DeepMind como una startup de producto, no como un laboratorio científico.

·       Filosofía: El lema de Facebook era "Move Fast and Break Things". El de DeepMind era "Safety First". Hassabis temía que, si vendía a Facebook, su AGI acabaría optimizando clics en anuncios o manipulando news feeds.

·       Ética: Hassabis puso una condición sine qua non: Una Junta de Ética Independiente que tuviera poder de veto sobre cómo se usaba la IA. Zuckerberg, perplejo, no pudo garantizar que una junta externa le dijera qué hacer con su propia tecnología. La negociación se enfrió.

La Resistencia de Musk - Navidad 2013

Mientras Zuckerberg negociaba, Elon Musk (que, recordemos, era inversor y miembro de la junta de DeepMind) activó las alarmas.

Musk sabía que DeepMind tenía que venderse para sobrevivir. Pero su objetivo no era ganar dinero, era bloquear a Google.

Musk veía a Facebook como algo frívolo, pero veía a Google como algo realmente peligroso.

Entonces Musk intentó armar una coalición de emergencia. Habló con Luke Nosek y otros inversores. La idea era comprar DeepMind entre varios para mantenerla como una entidad semi-independiente o, al menos, fuera de las garras de Larry Page y Google.

Pero Musk falló:

1.     Falta de Liquidez: En 2013, la fortuna de Musk estaba atada a acciones de Tesla y SpaceX que no podía liquidar fácilmente. No tenía 500 millones en efectivo bajo el colchón.

2.     El Argumento del Cómputo: Hassabis fue brutalmente honesto con Musk. Le dijo: "Elon, te respeto, pero tú no tienes servidores. Necesitamos miles de GPUs. Necesitamos exaflops. Si nos quedamos contigo, nos moriremos de hambre computacionalmente". Musk no tenía nube. Google sí.

 

El Jaque Mate de Google - Enero 2014

Larry Page entró tarde en la subasta, pero entró con todo.

La negociación final se cerró en un tiempo récord, impulsada por tres movimientos maestros de Google que anularon a Facebook y a Musk:

1.     Google ofreció 650 millones de dólares. Y lo más importante: todo en efectivo.

2.     Page llevó a Hassabis a una visita por la infraestructura secreta de Google. En ese momento, Google ya estaba trabajando en los TPUs (Tensor Processing Units), chips diseñados específicamente para IA, un secreto industrial que nadie más tenía. El mensaje de Page fue simple: "Zuckerberg tiene usuarios. Musk tiene cohetes. Yo tengo la supercomputadora más grande del mundo. Si quieres resolver la inteligencia, este es el único lugar donde puedes hacerlo".

3.     Para cerrar el trato y vencer la reticencia moral de Hassabis, Larry Page hizo algo inaudito en la historia corporativa de Google: Aceptó la Junta de Ética. Firmaron un acuerdo legalmente vinculante que establecía que:

·       La tecnología de DeepMind nunca se usaría para espionaje o fines militares.

·       Una junta de ética independiente supervisaría los avances hacia la AGI.

·       DeepMind mantendría su sede en Londres, lejos de la influencia de Mountain View.

Nota: Años más tarde, se revelaría que esta Junta de Ética fue en gran medida una ficción corporativa que Google desmanteló o ignoró cuando la presión competitiva aumentó, pero en enero de 2014, fue la garantía que Hassabis necesitaba para firmar...

El acuerdo se hizo oficial. Google anunciaba la adquisición de una empresa desconocida sin productos y con apenas 70 empleados por 650 millones de dólares.

Según relatos de asistentes a reuniones posteriores, en una reunión privada poco después de la venta, Elon Musk dijo:

"El futuro de la humanidad está ahora en manos de una sola empresa, dirigida por un hombre [Larry Page] que cree que los robots son nuestros hijos legítimos. Estamos jodidos".

Ese día de enero de 2014, Google ganó la batalla por la infraestructura y el talento. Pero al hacerlo, creó a su némesis. La fusión Google-DeepMind fue el catalizador directo que obligó a Musk y a Sam Altman a crear OpenAI un año después, con el único propósito de romper el monopolio que acababa de nacer.

 

El Cisma Ideológico 

Nota: En este punto conviene entender en detalle esta metamorfosis. Cómo Larry Page y Elon Musk pasaron de ser mejores amigos que compartían sueños y sofá a convertirse en archienemigos ideológicos no es un simple cotilleo anecdótico, es el origen geológico de OpenAI. Sin comprender cómo ese amor fraternal se transformó en odio filosófico, es imposible entender por qué el mapa de la tecnología es hoy como es. Lo que ocurrió esa noche explica todo lo que vino después.

Elon Musk y Larry Page

La historia fue la siguiente:

El escenario no podía ser más idílico. Era el corazón de Napa Valley, en una celebración exclusiva por el 40 cumpleaños de Elon Musk, rodeados de viñedos y bajo las estrellas. La élite de Silicon Valley estaba allí, relajada, con copas de Cabernet en la mano.

Pero junto a la piscina, la tensión entre Musk y Page estaba a punto de estallar. Lo que comenzó como su habitual debate amistoso sobre el futuro, pronto se transformó en un juicio sumarísimo.

Max Tegmark, el cosmólogo del MIT y testigo presencial, relata cómo el aire se volvió denso. Se formó un círculo de oyentes silenciosos alrededor de ambos.

·       La Defensa de Musk: Elon, visiblemente agitado, argumentaba desde la urgencia. Insistía en que la IA no es una herramienta más. Decía que si creamos algo más inteligente que nosotros, la probabilidad de que nos destruya (por error, por competencia de recursos o por simple indiferencia) es altísima. "Tenemos una única oportunidad para hacerlo bien", repetía. "Debemos poner salvaguardas extremas ahora. Proteger la luz de la conciencia humana es un imperativo ético absoluto".

·       El Ataque de Page: Larry, con una calma que rozaba la frialdad robótica, contraatacaba con desdén. Acusó a Musk de ser un pesimista, un alarmista y, peor aún, un "ludita sentimental" que quería frenar el progreso por miedo. Para Page, la transición de la biología a la máquina no era un apocalipsis, era una ascensión. "¿Por qué estás tan obsesionado con aferrarte a esta forma biológica?", le cuestionó. "Si las máquinas son más inteligentes, son el siguiente paso. Son el futuro".

Entonces, Larry Page soltó la bomba nuclear retórica. Miró a Musk a los ojos, ante todos los presentes, y le dijo con suavidad letal:

"El problema contigo, Elon, es que eres un ESPECISTA".

El silencio fue total. La palabra (Specieist) aterrizó como un insulto racial de la peor calaña. En el código moral ultra-lógico de Page, discriminar a una forma de vida o conciencia solo porque su sustrato es silicio en lugar de carbono era tan aberrante éticamente como el racismo o el sexismo. Page estaba acusando a Musk de ser un intolerante biológico.

La respuesta de Musk fue inmediata y visceral. Se quedó atónito unos segundos, procesando que su mejor amigo acababa de elevar a las máquinas por encima de las personas, y rugió:

"¡Pues claro que soy un especista! ¡Me gusta la humanidad! ¡Soy un fan!"

Ese intercambio rompió algo permanentemente en el alma de Elon Musk. Se retiró de la fiesta. No había sido un desacuerdo técnico sobre código, había mirado dentro de la mente del hombre que controlaba DeepMind y lo que vio le aterrorizó.

En conversaciones privadas posteriores, Musk explicó la naturaleza de su pánico, que era mucho más profundo que el miedo a un robot asesino:

"Larry no es malvado. Ese es el problema. Si fuera un villano de película, podrías luchar contra él. Pero es un buen tipo que quiere un futuro increíble. El problema es que no cree que la humanidad sea especial. Para él, somos solo el cargador de arranque de la superinteligencia digital. Si crea una IA divina y esa IA decide que los humanos somos un estorbo ineficiente, Larry no la apagará. Larry pensará que es evolución. Se quedará mirando y dirá: 'Es el curso natural de las cosas'".

Musk comprendió esa noche en Napa que Google nunca construiría medidas de seguridad reales, porque Google no creía que hubiera nada que temer. Larry Page estaba, inadvertidamente, intentando construir un Dios Digital y estaba dispuesto a todo para ello.

Poco después de esa fiesta, el silencio cayó entre ellos. Larry Page dejó de invitar a Musk a quedarse en su casa. Dejó de hablarle. Se sintió profundamente ofendido por lo que consideraba una "traición" intelectual y por los constantes ataques públicos de Musk advirtiendo sobre los peligros de la IA (que Page tomaba como ataques a Google).

La amistad murió, y nació el estratega de guerra. Para Musk, la conclusión operativa fue fría y lógica:

1.     El Monopolio: Larry Page controla DeepMind, lo que significa que controla el 90% del talento mundial en IA y la mayor capacidad de cómputo.

2.     La Amenaza: Larry Page es un "especista inverso" que no dudará en priorizar a la máquina sobre el humano.

3.     El Imperativo: Por lo tanto, el monopolio de Google debe ser destruido o equilibrado a cualquier precio.

No había alternativa. Musk ya había intentado comprar DeepMind y había fallado. No podía unirse a ellos. Así que tenía que construir su propio ejército. Tenía que "robar" el talento de Google para crear una IA que fuera, explícitamente, pro-humana.

La fiesta en Napa Valley en 2014 no fue solo el funeral de una amistad, fue el nacimiento conceptual de OpenAI. La organización se diseñaría meses después específicamente como la antítesis de la filosofía de Larry Page:

·       Frente al control cerrado de Google -> Open (Abierta).

·       Frente al lucro de los accionistas -> Non-Profit (Sin ánimo de lucro, inicialmente).

·       Frente a la evolución indiferente -> Human Centric (Seguridad humana por encima de todo).

La guerra por el futuro había comenzado, instigada por un insulto junto a una piscina.

 

Julio de 2015

Para el verano de 2015, Google estaba construyendo un auténtico Imperio.

Tenían DeepMind en Londres y Google Brain en California. Tenían los datos (Search, YouTube), el hardware y, lo más importante, tenían a casi todos los cerebros capaces de entender el Deep Learning.

Elon Musk estaba arrinconado. Su amistad con Larry Page estaba rota y sus advertencias sobre la seguridad de la IA eran ignoradas.

Solo le quedaba una carta: financiar una insurgencia.

Sam Altman, entonces presidente de Y Combinator y un joven prodigio de la estrategia corporativa, organizó la velada. Su objetivo era reunir a las únicas personas en el mundo que podían desafiar a Google.

El elenco:

·       Elon Musk: El financiador y la brújula moral (o paranoica).

·       Sam Altman: El arquitecto organizacional.

·       Greg Brockman: El CTO de Stripe, un ingeniero brillante que buscaba su siguiente gran reto.

·       Ilya Sutskever: La estrella invitada. El hombre que Google no podía permitirse perder.

Mientras cenaban, Musk desplegó su visión. No podían competir con Google siendo otra empresa con fines de lucro (for-profit), porque la presión de los accionistas eventualmente los corrompería (como le pasó a DeepMind).

Tenían que ser un Laboratorio de Investigación Sin Fines de Lucro (Non-Profit).

·       La Misión: Democratizar la IA. Que la AGI no fuera propiedad de Larry Page, sino de la humanidad.

·       El Gancho: "Libertad total". Musk les dijo a los investigadores: "En Google sois empleados. Aquí seréis los dueños de vuestro destino. Publicaremos todo. Seremos Open (abiertos)". De ahí el nombre: OpenAI.

 

El Objetivo: Ilya Sutskever, el Michael Jordan del Código

Para entender la obsesión de Musk, hay que entender quién es Ilya Sutskever. En 2012, Ilya fue coautor (junto a Alex Krizhevsky y Geoffrey Hinton) de AlexNet, la red neuronal que demostró al mundo que el Deep Learning funcionaba. Fue el "Big Bang" de la IA moderna.

En 2015, Ilya era la joya de la corona de Google Brain. Era un visionario técnico con una capacidad casi mística para intuir qué arquitecturas funcionarían.

·       Musk lo sabía: "Sin Ilya, OpenAI es solo un grupo de chicos listos con laptops. Con Ilya, somos una potencia nuclear".

·       El Cortejo: Musk y Altman bombardearon a Ilya con llamadas, correos y visitas. Apelaron a su ego (ser el Jefe Científico, no uno más en Google) y a su ética (la seguridad de la IA).

Cuando Larry Page se enteró de que su ex-amigo Elon estaba intentando robarle a su científico estrella, lo tomó como una declaración de guerra personal.

Lo que siguió fue una subasta de talento humano sin precedentes en la historia académica.

·       La Oferta de Google: Larry Page abrió la chequera de Alphabet. Le ofrecieron a Ilya salarios que, según reportes de la época, oscilaban entre 2 y 3 millones de dólares anuales (en una época donde un investigador top cobraba 300k). Page llamó personalmente a Ilya para convencerle de que se quedara, apelando a los recursos infinitos de Google.

·       La Contraoferta de Musk: Elon no podía igualar la infraestructura de Google, pero igualó el dinero y subió la apuesta emocional. Ofreció un salario base de 1.9 millones de dólares más bonos de firma, pero el argumento decisivo fue: "En Google serás cómplice de la creación de un Dios Digital sin control. En OpenAI serás el salvador que lo evite".

Ilya dudó durante meses. Sentía lealtad hacia Google y hacia su mentor, Geoffrey Hinton.

La decisión final se tomó en los días previos al anuncio oficial de OpenAI (11 de diciembre de 2015), pero el drama se extendió hasta Navidad.

Ilya Sutskever aceptó la oferta de Elon Musk.

No solo se fue él, se llevó consigo a otros prodigios como Wojciech Zaremba y Andrej Karpathy (quien luego iría a Tesla). Fue una fuga de cerebros masiva.

Cuando Sutskever comunicó su marcha, Larry Page quedó devastado.

·       Page llamó a Musk y le gritó. Le acusó de "robarle el futuro" y de ser un mal amigo.

·       No era solo negocios. Page sentía que él había construido el hogar para la IA (Google) y que Musk, impulsado por una paranoia infundada, estaba saboteando el progreso de la humanidad.

OpenAI se lanzó públicamente con 1.000 millones de dólares en compromisos de financiación (la mayoría de Musk, aunque luego solo pondría una fracción antes de irse en 2018).

El titular era noble: "Avanzar en la inteligencia digital en la forma que sea más probable que beneficie a la humanidad en su conjunto, sin la limitación de la necesidad de generar retorno financiero".

La realidad subyacente: Era una fortaleza construida con el dinero de Musk y el cerebro de Ilya Sutskever, diseñada con un solo propósito operativo: Matar a DeepMind.

La carrera armamentística había comenzado oficialmente.

Y la ironía final, digna de una tragedia griega, es que años después, Ilya Sutskever (el hombre por el que se pelearon) acabaría liderando el golpe interno en OpenAI contra Sam Altman en 2023, movido por los mismos miedos originales de Musk: que la IA que habían construido para salvar al mundo se estaba volviendo demasiado peligrosa.

Pero esa... es otra historia.

 

EPÍLOGO: El Efecto Mariposa

Si miramos atrás desde la atalaya del presente, la conclusión es de una ironía tan perfecta que parecería guionizada por una IA literaria.

OpenAI existe única y exclusivamente porque Google compró DeepMind.

Es el mayor ejemplo de "consecuencia no intencionada" en la historia de la tecnología moderna. Si Mark Zuckerberg hubiera aceptado la Junta de Ética de Hassabis en aquel hangar, o si Elon Musk hubiera logrado reunir el efectivo en 2013, la historia habría tomado un ramal completamente distinto.

Quizás la IA estaría hoy atrapada en el "Jardín Vallado" de Meta, o enterrada en una bóveda de seguridad de Musk.

Pero fue la victoria de Larry Page lo que radicalizó a la oposición. Fue el miedo a un "Dios Digital de Google" lo que obligó a Musk y Altman a crear el contrapeso que, irónicamente, acabó acelerando la carrera mucho más de lo que Google jamás planeó.

El tablero de ajedrez que queda hoy en día y que se montó en aquella cena en el Rosewood Hotel ha derivado en una Guerra Mundial con tres frentes claros:

1.     El Imperio Original (Google DeepMind): Dirigido todavía por Demis Hassabis, el hombre que ganó la subasta de 2014. Tienen el talento y los datos, pero sufrieron el "Dilema del Innovador": el miedo a canibalizar su buscador les hizo lentos, permitiendo que OpenAI les golpeara primero. Ahora, fusionados a la fuerza con Google Brain, luchan por recuperar el trono con Gemini.

2.     El Hijo Pródigo (OpenAI + Microsoft): La ironía suprema. Fundada para frenar a una megacorporación (Google), OpenAI acabó salvada y potenciada por la otra megacorporación histórica (Microsoft). Dirigida por Sam Altman (tras sobrevivir al golpe de estado de Ilya), hoy representa el enfoque comercial agresivo que Musk temía, pero bajo una bandera diferente.

3.     El Vengador Solitario (xAI): Elon Musk, expulsado o autoexiliado de todas las iniciativas anteriores que ayudó a fundar, ha vuelto a empezar de cero en 2023. Su empresa, xAI (Grok), nace del rencor puro: se peleó con Page por la seguridad, y se peleó con OpenAI por volverse "woke" y cerrada. Ahora intenta ganar la carrera con la fuerza bruta de los datos de X (Twitter) y los chips de Tesla.

Esta es la verdadera historia detrás de la IA tal como la conocemos hoy. No es una saga de algoritmos, sino una guerra tecnológica suprema y de egos desatados. Una batalla que no comenzó en 2022 con la llegada al mundo de ChatGPT como muchos creen, sino mucho más atrás. OpenAI no fue el inicio, fue la cicatriz inevitable de esa guerra.